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Alimentación compasiva. “La compasión puede cambiar el mundo”

Hay una cita del  Buda Sakyamuni que siempre me pareció hermosa –“Evita privar a otros seres de la vida; evita matar; vive sin violencia; suelta el cuchillo. Escrupuloso, lleno de misericordia, tiembla con compasión por todos los seres sensibles.”

 

Cuando la gente piensa en los monjes budistas, si es que piensa alguna vez en nosotros, imagina que vivimos entre nubes de incienso, sonriendo serenamente, imperturbables, meditando en la nada.

La realidad es que, como dicen estas palabras del Buda Sakyamuni, nuestra vocación no es flotar plácidamente en la vacuidad, sino “temblar con compasión por todos los seres sensibles”.

Yo pensaba que el uso del verbo ‘temblar’ en esta cita era un mero recurso retórico, hasta tarde una noche, regresando con mi Maestro de una ronda de visitas a refugiados tibetanos en Cambridge, Massachusetts, cuando pasábamos por un callejón oscuro y escuchamos los gritos de terror y dolor de un joven que recibía una paliza a manos de un grupo de maleantes.

Sin pensarlo, mi Maestro se acercó a ellos sonriendo ampliamente, y preguntó si no sería más divertido aporrear a dos monjes en lugar de a ese joven. Yo no estaba sonriendo ampliamente; no sonreía en absoluto. Verán ustedes, los monjes budistas tomamos votos de nunca recurrir a la violencia, ni siquiera en defensa propia. No peleamos. Nos iban a dar una tunda.

Sorprendentemente, la paliza se detuvo instantáneamente, los hombres rieron nerviosamente, profirieron algunos improperios, y se marcharon. Tal vez imaginaron que éramos monjes Shaolin, listos a desplegar los secretos del kung fu sobre ellos…

Luego de dejar al joven en buenas manos, pregunté a mi Maestro si había tenido la certeza de que no sufriríamos ningún percance. Respondió que no lo sabía, pero que cuando menos hubiésemos podido compartir los golpes, y no todos habrían recaído sobre el joven. Entonces añadió sobriamente que es nuestro deber, en presencia del sufrimiento ajeno,plantarnos firmemente entre el victimario y su víctima.

No es suficiente repetir lugares comunes sobre la compasión, sino que debemos plantarnos en medio, debemos actuar.

No todos los abusos ocurren en callejones oscuros. Una crueldad inimaginable ocurre en los pasillos bien iluminados donde compramos la carne de los animales, sus huevos, su leche, sus pieles, su lana, sus plumas, y su cuero. Esos pasillos iluminados encubren la oscuridad horrible en que confinamos, esclavizamos, torturamos, y degollamos a estos animales para nuestro placer. No compartiré con ustedes los detalles sangrientos, pero la verdad terrible está al alcance de quienes quieran verla, tan clara como la luz del día.

¿Por qué algunos seres son dignos de compasión, mientras que otros sólo parecen merecer nuestro desprecio e indiferencia? ¿Su inteligencia? ¿El poder del habla? ¿Las habilidades físicas? ¿Es que acaso no debemos sentir compasión por los tontos, los mudos, y los discapacitados? Todos los seres son dignos de compasión, sencillamente porque son sensibles —sufren, sienten dolor.

Desear reducir tan sólo el sufrimiento de los seres humanos no es sino un acto de egoísmo extendido. ¿No nos dicen los Santos, los Profetas, y los Maestros de todas las confesiones que amemos y cuidemos de todos los seres?  ¿No dijo el Señor Jesús, tan alabado en nuestros pueblos de América: “En verdad, en verdad les digo, lo que no han hecho por el menor entre ellos, no lo han hecho por mí”?

Ni juzgo ni recrimino a nadie, sino que imploro que sientamos compasión por todos nuestros semejantes, humanos y no-humanos. Si no somos capaces de impedir la crueldad que sufren, al menos no seamos responsables de su sufrimiento ―perpetrado para darnos satisfacción, pagado con nuestro dinero, e infligido con nuestro consentimiento implícito.

No podemos hablar con sinceridad sobre la compasión mientras confinamos, abusamos, y degollamos a nuestros semejantes. La compasión comienza en nuestros roperos, en nuestras alacenas, en nuestras mesas, y en nuestros platos.

El Buda ofrece esta instrucción en el Griha Vinaya (Reglas para laicos, Dharmika Sutra, Kshudraka Agama):

No destruyamos, ni ocasionemos que otros destruyan, ninguna vida, ni justifiquemos los actos de aquellos que matan. Abstengámonos de causar daño a todos los seres del mundo, sean feroces o tímidos.

Si aún no comprendemos la universalidad de esta instrucción, el Buda explica en el  Kshudraka Agama:

Sean animales de tierra o de aire, quien daña a cualquier criatura, y no siente compasión por cuantos seres viven, a ése considero yo un depravado.

Y en el Anguttara Agama:

Soy amigo de los seres sin pies, soy amigo de los bípedos, soy amigo de los cuadrúpedos, soy amigo de los multípedos.

Que todos los seres, todos cuantos respiran, todos y cada uno, sin excepción, conozcan sólo la buena fortuna. Que no sufran daño alguno.

Si intentamos falsear el Primer Precepto, pretendiendo que no es responsabilidad nuestra si alguien más ha matado en nuestro nombre, el Buda añade en el Kshudraka Agama:

No debemos matar a ningún ser vivo, ni causar que le maten, ni incitar a otros a matar.

Nunca jamás dañemos a los seres, sean fuertes o débiles, en todo el universo.

Si estas palabras te ocasionan algún sinsabor, te ruego me disculpes. No es mi deseo importunarte, sino plantarme en medio. Humildemente me presento ante tí, por órdenes del Buda, temblando con compasión ―por tí y por todos los seres.

Ruego que todos alcancemos la unidad de la sabiduría y la compasión.

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