ECOLOGIA HABITAT PLANETA SOCIEDAD

Ecoaldeanos: el futuro es volver al pasado

Apenas a hora y media de Bogotá la historia se invierte. Ya no se trata de campesinos desplazados por la violencia que huyen del campo a la ciudad, sino de un grupo de jóvenes que van de la ciudad al campo, buscando en la armonía con la naturaleza una nueva forma de vida.

Muy cerca de San Francisco (Cundinamarca), una pequeña comunidad de apenas 30 personas se entrelaza en armonía con la naturaleza y construye sociedad alrededor de ella. Se trata de Aldea Feliz, una ecoaldea que pone en práctica un modo de vida propio de las sociedades antiguas, cuando el ser humano vivía en pequeñas tribus y se dedicaba a la caza y a la siembra. Para ellos el futuro es volver al pasado.

En una ecoaldea, además de mantener una relación amigable con el medio ambiente, la comunidad tiene sus propios mecanismos de autogobierno, de educación, de economía colaborativa y de convivencia pacífica.

“Los ecoaldeanos no buscan vender su trabajo por un salario sino que siembran para su familia y para la comunidad, generan un fuerte vínculo de solidaridad que fortalece las relaciones humanas, redefine el valor del dinero y reconstruye el valor del campo”, explica Carlos Rojas, un arquitecto que en 2006, agobiado por la vida en la ciudad, lideró la fundación de Aldea Feliz junto a un grupo de jóvenes bogotanos.

Los primeros integrantes de esta ecoaldea vivieron en carpas y se dedicaron a buscar acuerdos y generar proyectos solidarios con la tierra para crear una estructura organizativa de diálogo y participación. Luego de cuatro años de trabajo, se construyeron cinco viviendas, un taller creativo, un almacén de materiales y un Cusmuy, también conocido como Maloca o casa ceremonial.

“Nosotros no creemos que el mundo tenga que colapsar ni lo deseamos, queremos que logre transformarse, pero al ritmo que vamos quizá ambas cosas estén sucediendo a la vez, el colapso y el renacimiento están siendo ya simultáneos”, explica Carlos.

Carlos Rojas, líder de Aldea Feliz. Foto: Camila González.

En la actualidad, la comunidad está integrada por 20 adultos y 10 niños, quienes viven en 11 casas, una por familia. También existen refugios que pertenecen a los miembros que no viven en la aldea y en ocasiones son ocupados por visitantes o voluntarios.

Los materiales con los que se construyeron varias de las viviendas son biodegradables, de origen vegetal como la madera, el bahareque y la guadua, que son cultivadas dentro de la misma ecoaldea.

Nada se desperdicia. Las casas cuentan con sanitarios secos, un sencillo sistema – en el que no se utiliza agua – que procesa la materia fecal para convertirla en abono, el cual se usa luego en el proceso de siembra de nuevas plantas.

Esto se logra gracias a que estas letrinas cuentan con una cámara de tratamiento con ventilación y un agregado de cenizas y cal que ayudan a la deshidratación y neutraliza los malos olores. Las aguas grises, es decir las que salen de lavadoras, lavamanos, lavaplatos y duchas, son reintegradas directamente al sistema de huertas.

“Esto lo hacían varias culturas en la humanidad, nosotros interpretamos esas tecnologías. Este abono se usa en el sistema de bosques y plantas frutales”, afirma Carlos, mientras supervisa las huertas y plantaciones que abastecen gran parte de la necesidad alimentaria de la comunidad.

Vivir en comunidad

La comunidad aprendió a vivir con lo necesario, a desprenderse de lo material, a conectarse con el ser interior, a alimentar su espiritualidad y tejer procesos de confianza.

Desarrollan su trabajo por medio de células. La Célula Madre es el Grupo Semilla encargado de velar por el cumplimiento de la misión y visión de la aldea, sus principios, sus valores y los temas administrativos y logísticos.

Los otros equipos se dividen en las células de economía y gobernanza, tierra y construcción, salud y bienestar, comunicación y artes, y educación y cultura.

Los ecoaldeanos manejan un modelo de economía mixta: por una parte, obtienen sus ingresos personales gracias a proyectos laborales externos a la aldea, y por otra, con eventos dentro de la comunidad, entre los que se encuentran ceremonias especiales, talleres y la venta de productos como café, aceites y camisetas.

Aldea Feliz es el encuentro de lo ancestral y lo moderno. Ancestral en el cuidado de la tierra, cuidado del agua, el honrar a los elementos de la naturaleza como entidades que tienen valor por sí mismas.

Pero también varios de los habitantes de la comunidad tienen un vínculo con el entorno digital. “Algunos hacen páginas web, otros elaboran planos para casas ecológicas; hay también diseñadores gráficos. No solo hacemos trabajos para personas en Colombia sino en otras partes del mundo. Es la importancia de internet”, apunta Carlos.

Son como una gran familia. La comunidad desayuna, almuerza y cena junta. La preparación de los alimentos se hace por turnos que se establecen cada semana. Ningún adulto se salva.

No solo se trata de la preparación de los alimentos sino que algunos de los adultos de la comunidad se dedican a abonar el suelo fértil de las próximas generaciones mediante la enseñanza. Con el proyecto educativo ‘Alas de colores’, los niños de la comunidad reciben formación en matemáticas, lectura, artes, resolución pacífica de conflictos, relación con la naturaleza y sociocracia, una forma antigua de autogobierno.

Avistamiento de aves y conocimiento silencioso, son varias de las actividades hechas por la comunidad. / Foto: Camila González.

Una tendencia antigua

Se estima que hay al menos unas 10.000 comunidades que buscan ser sostenibles en el mundo. Esta tendencia nació hace más de cuatro décadas en Escocia e India y recientemente tomó mayor auge en Europa, donde se han creado asentamientos humanos cerca de las grandes ciudades.

La Red Colombiana de Ecoaldeas conecta hoy alrededor de 17 ecoaldeas y asentamientos alternativos en Colombia, entre las que se incluye Aldea Feliz, una de las pioneras en este modo de vida al que poco a poco se han unido más personas en el país.

Andrés Boa Vida, un publicista de 34 años que llegó con su familia hace un año y medio a Aldea Feliz, resume así esta tendencia: “Nos levanta el sonido de los pajaritos, en vez de un despertador o un celular pegado a la almohada”. Esa es la razón por la cual cada vez más personas deciden “romper el molde”.

Es por eso que cada vez surgen más de estas comunidades neocampesinas en pequeños asentamientos. No buscan dinero, buscan una realización más profunda, encontrarse en servicio siendo parte de una comunidad. Purifican la palabra, purifican las acciones, purifican las emociones. Purifican la vida.

Fuente : JAVIER FORERO
EL TIEMPO

Comentarios

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies