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La lucha entre el miedo y la fuerza

¿Quién sabe cuánto podemos hacer?

¿Cuáles son los límites de nuestra potencia?

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La percepción que tengamos acerca  cuál es el monto de energía con que contamos marcará la forma en que accionemos en las distintas circunstancias de la vida. Muchos han tenido que atravesar situaciones límite para realmente comprender que tenían muchísima más fuerza que la que pensaron que tenían antes de esos sucesos.

De niña integré el equipo de natación de un club. El entrenamiento era exigente y  allí aprendí a postergar el “no puedo”, a preocuparme por llegar primera, a que lo más importante era ganarles a los demás. Paralelamente en esa misma institución, asistía a otra actividad que era solo recreativa. En uno de esos encuentros jugamos a correr una carrera a la que “transplanté” de la natación todo mi todo mi empeño en ganar. En medio del juego me di cuentan que estaba perdiendo y súbitamente me tiré al piso, argumentando que me sentía mal.

Esta escena retornó a  mi memoria una y otra vez, invitándome a seguir investigando su significado. Hoy me sugiere lo mucho que el miedo nos da miedo y el hecho de que el solo invocar la fuerza puede llevar implícita la noción de debilidad. Puedo en el presente mirar con otros ojos las sensaciones y pensamientos que surgieron en ese momento en mí, una mezcla de emociones complejas que van desde la vergüenza por verme a mí misma engañando a los demás, hasta la confusión relacionada a no saber qué tenía que hacer para ser fuerte de verdad.

Nuestra sociedad enfatiza la fuerza, la juventud, la vitalidad, la valentía. Podemos cultivar estas cualidades, pero este trabajo es limitado ya que todos, más tarde o más temprano, atravesaremos situaciones en las que seremos frágiles y vulnerables.

Nuestros ancestros animales viven su fuerza y su miedo en directa proporción a las amenazas de su medio ambiente, no interpretan si pueden o no vencer los obstáculos y pelean o huyen directamente para sobrevivir. Los humanos pensamos,  y por ello debemos lidiar con las amenazas concretas tanto como con los estados mentales que nos perjudican. Como tenemos la facultad de imaginar, creamos miedos e interpretaciones acerca de ellos y también sobre nuestra propia capacidad para resistir durante los acontecimientos difíciles.

¿Cuántas veces el mismo miedo a no resistir nos debilita? ¿Cuántas veces dejamos de hacer algo por miedo a no ser lo valientes? ¿Cuánto dejamos que otros hagan las cosas por nosotros porque pensamos que ellos sí son fuertes mientras que nosotros no lo somos? ¿Cuánto nos avergüenza sentir miedo?

Es así que muchos llevan adelante tareas colosales, pero viven toda su vida pensándose a sí mismos como seres endebles. Contrariamente, cuántas personas van  por el mundo gritando a cuatro vientos que son fuertes, hasta que un día pasa por la vida una leve y brisa que los desmorona.

Las experiencias negativas suelen opacar a las positivas, captando toda nuestra atención. Por eso, ya que la vida nos desafía permanentemente, es necesario invocar una y otra vez  la sensación de sentirnos fuertes. Como ocurre con casi todas las experiencias positivas, debemos hacer el esfuerzo de recordarlas para volver a contar con su enseñanza. Para ayudarnos a recordarlas, podríamos hacernos las siguientes preguntas: ¿Cómo nos sentimos aquella vez en la que superamos situaciones en extremo difíciles? ¿Cómo sentimos la potencia en el cuerpo y la verdad  de esas sensaciones? ¿Cuáles fueron los pensamientos pesimistas que alimentaron nuestra imagen de debilidad y cómo fue que se desvanecieron? ¿Cómo es la emoción que surge cuando nos sentimos fuertes?
A veces tememos nuestra propia fuerza porque interpretamos que puede dañar. Muy por el contrario, la fortaleza generalmente es silenciosa y se fragua en la propia determinación más que en el desafío agresivo hacia los demás. El trabajo consiste en estimular nuestra “fuerza vital” y no en aplastar o dominar a nadie, solo es el “combustible” de nuestras intenciones.

La fuerza se expresa de muchas formas, una es a través de la perseverancia que desarrollamos en los actos más sencillos de lo cotidiano. Los miedos no tienen porqué paralizarnos o avergonzarnos ya que contienen en sí mismos las pistas que necesitamos para superarlos. Más que “piedras en el zapato”, si nos proponemos a actuar directamente sobre ellos, dejaremos de interpretar cuánta cantidad de fuerza poseemos ya que las pruebas se materializarán frente a nuestros ojos, en la práctica inmediata.

Fuente: Fanny Libertum