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Matthieu Ricard: Pensar en uno mismo, nos vuelve miserables

Dos días antes del terremoto en Nepal, el francés Matthieu Ricard, monje budista de la tradición tibetana, intérprete del Dalai Lama, fotógrafo y escritor, dejó su monasterio en Katmandú para visitar a su madre de 92 años en Francia. El azar puso a resguardo su vida, pero los temblores sacudieron a su monasterio en Katmandú, desde donde junto a otros 600 monjes, médicos y voluntarios organiza la asistencia que su organización, Karuna, brinda a través de 20 clínicas en Nepal, la India y en el Tíbet.

Ricard hubiese preferido estar allí, pero en menos de una semana en Francia pudo recolectar un millón de dólares para la reconstrucción de Nepal. Su prédica espiritual es bien conocida en Europa y los Estados Unidos, donde sus libros, El monje y el filósofo (una conversación con su padre, el filósofo ateo Jean-François Revel), El arte de la meditación y, el más reciente, La revolución altruista, son best sellers con alto predicamento.

Su pasado cientificista, como biólogo molecular del Instituto Pasteur, lo empujó en el año 2000 a participar de una ambiciosa investigación neurocientífica en los Estados Unidos y en Europa que, al día de hoy, continúa midiendo los efectos que la meditación y el entrenamiento mental producen en el cerebro. El de Ricard -moldeado en su infancia por los círculos intelectuales parisinos y luego por la práctica budista- exhibió el nivel cerebral más intenso de ondas gama, vinculadas a estados de bienestar, medido en la historia de las neurociencias. Desde entonces, lo llaman “el hombre más feliz del mundo”. De eso habló ayer en el Primer Encuentro de Felicidad, organizado por Green Tara en el Malba: de su propio derrotero hacia el bienestar y sobre cómo entrenar una mente feliz

-¿Cómo llega un PhD, discípulo de un Premio Nobel, a convertirse en monje?

-Culminaba mis estudios sobre Escherichia coli cuando quise irme a vivir al Himalaya para aprender de los grandes maestros budistas. Vi en ellos modelos de vida perfectos. Luego, fue natural convertirme en monje: cultivar la sabiduría, meditar en las montañas y llevar una vida despojada de servicio. Cuando uno más profundamente se transforma, mejor puede servir a los otros.

-¿Cómo disipó la tensión entre ciencia y religión?

-¿Y cómo se entrena la mente para ser feliz?

-Cultivando el altruismo, innato o no; llenando nuestro espacio mental con amor y compasión se bajan los niveles de cortisol. Día tras día, hay que entrenar el cerebro con pensamientos positivos y dejar de pensar en uno mismo, que es lo que nos vuelve miserables. La forma científica de hablar de meditación es la de cultivar habilidades cognitivas. La felicidad nunca es una sola cosa. Supone estimular otras habilidades: la libertad, el coraje, la fuerza interior, el amor, la compasión, la amabilidad incondicionales. Si uno alimenta su mente con pensamientos de odio, se convierte en una persona cruel. Si hace lo opuesto, verá que en un mes la neuroplasticidad del cerebro habrá cambiado. Meditar es educarse y es clave. Hay que entender que la empatía sólo informa sobre la situación de otros; la compasión motiva a llevar bienestar a los demás. Y no porque el dolor ajeno nos angustie.

-Pero vivimos en un mundo egoísta…

-Ésa es una falsa creencia que banaliza el bien común. Mire Nepal: la gente se ayuda y lo hace en todas las catástrofes. Es erróneo suponer que se puede construir la propia felicidad de forma egoísta. Hoy somos todos interdependientes. En el plano personal, uno experimenta una profunda sensación de bienestar cuando desarrolla el amor altruista; también será percibido positivamente por otros. A nivel global, ¿cuáles son los desafíos para lograr el bienestar? En el corto plazo, la mejora económica. En el mediano, el de la calidad de vida. Y en el largo, la preservación del medio ambiente. El único concepto que sirve para construir un mejor mundo a futuro para todos es tener mayor consideración. El altruista trabajará para una economía más equitativa; el compasivo se preocupará por los temas sociales, y ambos trabajarán en pos de lo que no llegarán a ver.

-¿No le parece utópico?

-No. La crueldad y la violencia están presentes, pero no son determinantes. Si uno observa la mente en profundidad, ve que detrás de la amabilidad y de la crueldad, está la conciencia, que no está condicionada y sólo puede ser moldeada por las construcciones mentales. Todo depende de cómo uno entrena la mente y cómo elabora y enfrenta sus emociones. Si en cada ser humano hay dos lobos: uno amable y otro que quiere exterminar al primero, ¿cuál prevalece? El que uno alimenta. La revolución de la compasión llegará y el altruismo, que es benevolencia, será su consecuencia. El concepto que exportaremos al nuevo siglo será el de cooperación.

-¿En qué basa esa creencia?

-Hoy valoramos más al otro que en el pasado. Asimilamos un conjunto de valores (derechos humanos, de la mujer, del niño) a los que hemos ido asomando a lo largo del tiempo. Genéticamente somos los mismos que en el pasado sometían a otros como esclavos. Lo que nos diferencia hoy es la cultura y la conciencia.

Un escritor español suele decir que “si Dios realmente existe, no es un caballero”…

-En el budismo, no tenemos ese problema: no es Buda responsable de los problemas terrenales. Hay una bondad básica en el ser humano, que puede salirse de cauce, por eso hay que entrenarla. Pero ése es un viejo dilema, la Teodicea, que culpa al libre albedrío; una excusa graciosa. Mi padre escribió que reconciliar el mal con la existencia de Dios es como poner agua fría y caliente en un mismo caño. No funciona así.

-¿Cómo funciona?

-Somos 7000 millones de personas que debemos convivir en armonía con otros 1,3 millones de especies, aceptando que el mal existe y educando al cerebro en hacer el bien frente a todo ser vivo. Por eso sugiero que la meditación, como entrenamiento, se incluya desde el jardín de infantes, vaciándola de enseñanzas religiosas. Debería dejar de ser vista como algo exótico para entenderla como una técnica eficaz.

Fuente: La Nacion

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