AUTOAYUDA PSICOLOGÍA SOCIEDAD

Las vacaciones son para reencontrarse, o para huir

vacaciones

Buscar el centro de equilibrio, volver a casa.

¿Lo has notado que en estas fechas todo el mundo corre, todo el mundo va agobiado y con prisas. Por si no la sabías o no lo habías notado, en diciembre se acaba el mundo?

Todas las obras (la cocina, el baño, la pintura, los muebles, la fachada, o lo que sea), ¡tienen que estar acabadas y entregadas en diciembre, sea como sea! Lo mismo ocurre con todos aquellos asuntos pendientes, tanto propios (tengo que hacer), como ajenos (estoy esperando a…), llegadas estas fechas adquieren carácter de urgente o de muy urgente.

Por alguna extraña razón, necesitamos acabar con todo lo pendiente, no queremos pasar página y quedarnos con esa molesta sensación de que, tras el periodo estival, estaremos en el mismo punto, donde estamos ahora.

Necesitamos iniciar un nuevo ciclo. ¡Y que sea nuevo de verdad!, el anterior no nos ha dejado buen sabor de boca. Así que nos presionamos a nosotros mismos y a los demás para dejar todo cerrado y acabado, listo y empaquetado para siempre.

Decir adiós a lo viejo para decir hola a lo nuevo. Tenemos la expectativa de que lo nuevo, sin lugar a duda, será mejor. Esa es la razón de que, en diciembre, como siempre, como todos los “diciembres”, todo el mundo corra, apriete y te apriete, ¡porque se acaba el mundo!

Deseamos abrir un nuevo ciclo que sea tranquilo, calmado, controlado y organizado. Es la necesidad humana de aquietarse, de tener calma, de tener paz. Deseamos dejar atrás lo viejo, recomenzar de nuevo, porque algo o todo de lo viejo, no nos acaba de gustar.

Muchas personas que conozco intentan esto cada año sin caer en la cuenta de que ya hace 5 o 10 años que lo intentan, que nunca ha funcionado y que este año, tampoco funcionará. Pero sigue existiendo la necesidad de creer que “este año, tal vez se cumplirá”.

Lo creemos porque necesitamos creerlo, porque deseamos creerlo, porque no estamos dispuestos a que no sea así. No podríamos resistir seguir así, con lo mismo, seguir al mismo ritmo, con los mismos resultados.

Y toda esa presión, propia y de ajenos, hace que en julio andemos deprisa, acelerados, corriendo, malhumorados y estresados. Corremos porque vemos la línea de meta, el fin de la carrera, el último sprint. Hay una fecha que marca el fin de todo, y el inicio de las vacaciones, paréntesis hacia lo nuevo. Percibimos el final de lo viejo a la vez que generamos una expectativa nueva, diferente, de mejora, fresca, estimulante.

Pero a menudo es solo un espejismo, un autoengaño mantenido en el tiempo, la irracionalidad de la mejora, la absurdidad de que las cosas cambien “porque sí”, sin hacer nada, sin cambiar antes nada de uno mismo. En esa expectativa subyace la necesidad humana de calma y de sosiego. Ahí radica la cuestión de todo.

Mucha gente necesita huir por la sencilla razón de no está a gusto donde está y tampoco de cómo está, no es esto lo que esperaba ni es lo que imaginó. Es “lo que hay”, pero no es lo que debería haber, lo que uno desea y le gustaría.

Nadie escapa de donde disfruta y está a gusto, más bien todo lo contrario. Solo huyen los que se sienten prisioneros, atrapados.

Así que, si eres de los que están deseosos de iniciar las vacaciones y escaparse, te sugiero que, “tras la fuga”, una vez bajadas las revoluciones, una vez recuperado el pulso, cuando se sincronice con el verano, el calor, el zumbido de las moscas, la modorra y la siesta, te propongo que te detengas, que te pares a pensar y reflexiones.

Te sugiero que tomes consciencia de lo que está pasando y que no deseas que pase. De lo que debería estar pasando, pero, por alguna razón, no pasa, no sucede. Detente a preguntarte y a responderte, qué es lo que no encaja, lo que no funciona… Y por qué; qué es lo que lo causa.

Y te sugiero que seas concreto y específico en tus preguntas, y que también lo seas en tus respuestas. No vale decir “no me gusta la vida que llevo”, “me gustaría estar mejor”, o “que el negocio funcione”, se sabe que cosas tan genéricas, grandes y ambiguas, no llevan a ninguna parte.

Debes aprender a “pelar la cebolla”, a quitar las capas que no sirven, hasta llegar a la raíz del asunto, al origen. De lo contrario te quedarás en la superficie, en la ambigüedad de lo genérico, y no podrás resolver de manera “específica” los problemas “concretos”

Con frecuencia, las personas solemos confundir la causa con el efecto, y ponemos el foco en las consecuencias del problema, en lugar de las causas que lo originan, no podemos ver más allá, y acabamos desenfocados y perdidos, impotentes para su solución.

El verano, como el fin de año u otros paréntesis que preceden al cambio de ciclo, nos ofrece una oportunidad de parar y de mirar. Salir de la rutina del día a día, detener todos los “programas” habituales, recuperar la consciencia y detener o ralentizar el tiempo. De mirar con perspectiva.

Solo cuando salimos del surco, podemos ver lo que no vemos, aquello que es evidente y a la vez invisible para nosotros. Darnos cuenta de cómo estamos, de dónde estamos y hacia dónde vamos.

El verano es tiempo de reflexión, de nuevos propósitos, y de cambio.

Pero como suele ocurrir, igual ahora que con el fin de año, los buenos propósitos se disuelven ante la presión de lo urgente. Lo importante puede esperar “un poco”, siempre lo ha hecho. Y al final, muchos pocos acaban convirtiéndose en un “para siempre”

Ya sabes mi manía, casi obsesión, por hacerse preguntas. Yo lo hago. Sé que las preguntas ponen el foco en un sitio muy preciso. Las preguntas llevan el pensamiento allá donde tu desees. Así que, te regalo unas cuantas, pero el resto las pones tú, trabaja, se trata de ti.

Toma papel y lápiz y responde:

¿Por qué huyes?
¿De qué o quién huyes?
¿Qué es lo que está mal?
¿Cómo sabes que está mal?
¿Qué habría que cambiar para que estuviese bien?
¿Cuál sería el primer paso, la primera pequeña acción de cambio?

Y, tras las preguntas, ¡conclusiones!

¿De qué te das cuenta?
¿Qué está ocurriendo que no debería ocurrir?
¿Qué es lo que no está ocurriendo y que sí desearías que ocurriese?

Y, tras las conclusiones, ¡acción!

Ya lo sabes, debe ser la vez 1.700 que lo repito, la acción no es una opción, es algo imperativo. Nada sucede sin la acción. Una acción pequeña es más útil que diez mil de las mejores intenciones.

Verano, tiempo de reencontrarse.

A menudo, tu ego, el personaje que te manipula y tiraniza, está muy alejado de tu yo interior, de tu yo sabio y auténtico. Lo sabes porque tú no estás bien, así es como la vida te lo muestra. Puedes percibir claramente el malestar, aunque no sepas bien la parte del cuerpo o del alma que te duele. Pero duele.

No olvides que, si necesitas reencontrarte, es sencillamente porque te has perdido, te has desviado de la ruta, has perdido tu centro, no tienes equilibrio.

La necesidad de estar centrado.

Los seres humanos necesitamos estar centrados, equilibrados, necesitamos volver a casa. Existen muchas metáforas para describir la misma sensación. A mí me gusta la de volver a casa.

Me gusta porque no hay nada comparable con la seguridad, el confort, y la comodidad que proporciona a cada uno estar en su propia casa, en su auténtica casa. Y, cuando hemos perdido el rumbo, cuando andamos perdidos y extraviados, se hace imperativa la necesidad de regresar a casa. Allí estamos bien, es el centro de todo. Solo allí podemos separar las cosas artificiales de las naturales, solo allí reconocemos lo auténtico, solo allí sabemos de verdad, qué es verdad.

Y mis consejos para el verano.

No te crees más obligaciones de las que te apetezca asumir. Si ha de hacerse, que sea porque lo deseas.
Reconecta contigo mismo. Mantén un buen diálogo interior. Por si no lo sabes, tu yo auténtico es realmente sabio, conoce la verdad, y te será sincero. Habla con él.

Si te apetece leer libros, lee los que te vengan en gusto. Y si necesitas algún consejo (mucha gente me suele preguntar) aquí tienes un acceso a mis libros favoritos.

Toma nota de todo lo que pase por tu cabeza. No permitas que se esfume como los sueños o el humo, atrápalo, regístralo.

Pon también las conclusiones a las que hayas llegado por escrito. Date libertad de escribir todo lo que sientes. No temas, después tu mente racional se encargará de la censura pertinente.

Y elabora un plan de acción. Sin el plan de acción todo lo anterior es innecesario, mejor lo hubieses dedicado a hacer la siesta.

Y si has hecho un plan, sea grande o pequeño, fija la fecha de la primera acción, y que sea pequeña, corta y específica. Toma la determinación de que nada ni nadie (ni siquiera tú mismo) pueda sabotearla o posponerla. Debes saber que tus miedos lo intentarán, con toda seguridad.

Si lo haces, ¡Felicidades!, ¡Bienvenido al cambio! Ahora, si perseveras, se empezarán a cumplir tus expectativas, y tus deseos se convertirán en metas, en acciones y en realizaciones.

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